705. Tom Petty: Rockanroleando en vivo

Por Sergio Monsalvo C.

¿Cuál es la importancia de hacer un disco de rock en vivo (en directo) y, bajo qué conceptos debe calificársele para que sea trascendente y considerado entre los mejores bajo este rubro?

He aquí algunas consideraciones al respecto. En primer lugar, tales álbumes son un documento histórico que muestra el quehacer de un solista o grupo frente a la audiencia. La fidelidad hacia el sonido característico del grabado es requisito fundamental, ya que lo ubica desde lo crudo y lo-fi hasta lo más sofisticado en el uso de la tecnología, según su intención estética (incluso la captación de la presentación de manera pirata será testimonial).

El sonido obtenido, incrusta al artista en el tiempo, en el estilo y en el espacio en que se mueve en determinado momento. Convirtiéndolo en una referencia cultural, tanto para los estudiosos como para los escuchas comunes.

A todo ello le siguen los contenidos, esos que enfrentan al público con la intensidad manifiesta, con el atractivo, con el aura del rockero en cuestión. La interpretación del repertorio debe ser un tanto distinta de lo grabado en estudio, para enseñar los recursos de los que dispone el músico, creando en vivo una versión diferente de las piezas, ya sea extendiéndolas (dando espacio a la realización de solos instrumentales, improvisando, cambiando el tono de la voz, etcétera) y ofreciendo lecturas novedosas de las mismas.

Asimismo, los rockeros con bagaje harán mención explícita de sus raíces e influencias. Interpretarán alguna o varias de las piezas que se incrustaron en su memoria, en su educación emocional, en su instinto; rendirán testimonio y tributo a aquellos que los condujeron e inspiraron para involucrarse en el andar del género, con su actitud, y dejar, a su vez, su huella histórica en él.

El resultado de tales grabaciones en vivo fijará la actitud propia, la creatividad, y señalará lo engrasado de la banda durante una gira, así como el momento iluminado por el que pasa, haciéndolo trascender si todo ello se amalgama (dependerá también de la edición que hagan los propios músicos o los productores, del repertorio, del día o del mes, en que se hayan realizado esos conciertos).

El rock tiene un listado impresionante de obras en tal sentido. Ello siempre proporciona opciones y diversidad en los casilleros. La selección, dependerá de la intención y el gusto de quien las enliste.

Hoy le toca el turno a Tom Petty y a su banda, The Heartbreakers, un músico que falleció en el 2017, pero cuya obra crece en importancia cada día que pasa. El buen Tom dejó como legado un estupendo álbum en vivo, Live at The Fillmore 1997, que es una muestra contundente de lo que significa ser un evangelista del rock, uno que expone tanto su obra, como las raíces que lo construyeron como rockero.

En este caso, me tomé la libertad de seleccionar de entre los cuatro discos que integran el álbum, las canciones de rock and roll de las que él hablaba en las entrevistas, de su relación con ellas cuando de niño las escuchaba en la radio o, ya siendo adolescente, le forjaron su adhesión a las corrientes de la que fue puntero: el roots rock y el heartland.

Ahí en el Fillmore West de 1997, Petty durante el mes (enero-febrero) que permaneció ahí, como banda de la casa, realizó 20 conciertos, tocó 85 canciones e hizo desfilar entre ellas temas de sus músicos favoritos, haciendo cóvers en diversos estilos de Chuck Berry, Little Richard, los Rolling Stones, los Kinks, Bob Dylan, Johnny Kidd and The Pirates, los Byrds, John Lee Hooker, Richard Berry, Van Morrison o JJ Cale.

La juventud goza de mucho prestigio en el género, es uno de sus baluartes, sin embargo, el andar de su evolución ha demostrado que todos los rockeros jóvenes (tanto músicos como escuchas) se dan cuenta de que los veteranos tienen infinidad de cosas que han hecho al oficio y que solo los años enseñan: lectura del juego escénico, sentido del tiempo, el descubrimiento de un espacio vacío al cual llenar, el toque inesperado de la adaptación a las circunstancias, el respeto al público… Cosas que a ese nivel cuentan más que la mística de una camiseta como rememoranza del momento.

En los conciertos en vivo se trata de “restaurar la autoridad de los antecesores”. Una actitud extrapolable a la manera de asumir una tradición viva y compleja de la cultura rockera en un tiempo de “devaluación de la memoria”. En segundo lugar, por la formulación de una pregunta que uno se hace al estar en un club, auditorio o estadio: ¿qué cosas nos llevan a ser rockeros? En un extremo, la historia y su legado; en el otro, la identificación. Y en medio, una forma de vivir para seguir haciendo o escuchando.

Todos al estar presentes durante un concierto en vivo (in situ o en un sucedáneo como el álbum respectivo) necesitamos sentir atracción, misterio, simpatía o comprensión por ese alguien que durante dos horas (o más) nos está contando su vida desde un listado de canciones, de su repertorio, al lado de sus compañeros (Mike Campbell, guitarra y mandolina; Bentmont Tench, teclados varios; Howie Epstein, bajo; Scott Thurston, guitarra y armónica y Steve Ferrone, batería y percusiones).

Se trata de conectar e interactuar con esa persona, ese músico, ese artista, ese grupo, independientemente de su biografía de papel, de que en su existencia hayan ocurrido muchas y accidentadas cosas, incluso la muerte, y de que uno disfrute la intensidad de exposición semejante.

Tom Petty lo consigue con creces. Emocionarnos e identificarnos con él en su gusto y selección. El rock’n’roll, al fin y al cabo, es algo intangible pero vivo en la vida de muchas personas. Al escucharlo, queda la sensación de que el género se parece a sí mismo, pero con diversas fachadas e intenciones y, de cualquier manera, sigue muy ligado al sonido de su época en turno. Pero, como el propio Petty decía, el rock se volvió algo importante al mostrar que la música no es solo entretenimiento. Hay mucha música que guarda un propósito en ella y muchas veces alcanza otras metas sociales y culturales.

Todas esas cuestiones se fundirán en el escenario para crear una manifestación contundente; en circunstancias emocionantes junto a músicos pretorianos que emitirán sonidos sensacionales, poderosos, duros, hipnóticos, plagados de influencias y legados, que dejarán estupefacto al público por el lapso fugaz que dure el concierto y, a la postre, en la memoria, por muchos, muchos años.

En este músico y su banda hay muchos kilómetros errabundos que los preceden como “caballeros andantes”, que exhiben entre sus armaduras la llama del rock con esteticismo y lo divulgaban con energía. Los integrantes habían nacido con ello, entendían y recordaban a quien se los preguntara, que “el rock no era solo un sonido a consumir, un producto: era, sobre todo, una actitud”.

La suya era una intensidad feroz, contenida, pero a la que se intuye hirviente. Definida en aquellas guitarras que hablaban de épicas escondidas y cotidianas. Con cada rock and roll retorna una y otra vez el Petty custodiado por los rompecorazones solidarios, y con ellos entona su un gran acervo emotivo, esas relaciones de hechos musicales que van forjando la mística del rockero que con el tiempo aprendió a asimilarlas para continuar en la brega.

La atracción de su sonido, pura y fielmente rockero, es una fuerza natural en la que no hay intereses más allá que los de unos por escuchar con atención las historias de los otros, con los que comparten la propia experiencia, mientras una melodía, sustentada en el corazón de la guitarra eléctrica, los envuelve a todos, como en los conciertos que dio en el legendario Fillmore.

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